Lo que me parece surrealista es que no sea capaz de vivir con emoción ese momento en que todos los amigos homenajean a Álvaro, sin publicarlo en redes, sobre todo cuando imagino que es capaz de entender que por encima de su sufrimiento está el de los padres de ese chico, a quienes a lo mejor no les gusta ver el ataúd con el cuerpo de su hijo en una historia de Instagram como cualquier otro acontecimiento que publicó ayer o publicará mañana. Entiendo que la raíz del problema está en la adicción patológica al móvil, a las redes y a la validación externa que tiene mucha gente, sin duda esta gente de la que estamos hablando, pero a mí, como madre, esposa, hija o hermana, me ofendería profundamente ver el féretro de mis seres queridos en Instagram y leer frases empalagosas dirigidas a ellos como si fuesen a leerlas.