AZUL Y ROSA | MI SEMANA EN OKDIARIO
Hace dos semanas nos ocupábamos en esta columna de las minas y los mineros, reproduciendo la emotiva carta que mi padre me escribió cuando yo trabajaba, en 1953 y 1954, de ayudante de picador en el Pozo Herrera de las Hulleras de Sabero, en León.
Esta semana, una explosión de grisú en la mina asturiana de Zarreu ha costado la vida a cinco mineros y cuatro heridos graves.
Esta tragedia me ha recordado a los catorce mineros, si ¡¡¡catorce!!!: Evaristo, Francisco, Ramiro, Jesús, Esteban, Leonardo, Antonio, Trinitario, Roberto, Egesipo, Cesáreo, Nemesio, Adolfo y Delfín, que fallecieron en agosto de 1954 en la mina de Casetas de Oceja del municipio de La Ercina, en el corazón de la Montaña Oriental de León, muy cerca de la que yo trabajaba. Como ahora Jorge, Rubén, Amadeo, Iván y David. Estos cinco, como aquellos catorce, perdieron la vida a causa de lo peor que le puede pasar a un minero: encontrarse con el grisú. Como afirmaba rotundo Marcos Álvarez con una década de profesión como minero: «Hay otros problemas que se pueden subsanar, pero, estando bajo tierra, como te lo encuentres…».
Porque la mina es siempre cruel con ese gas inodoro que se esconde en el carbón. Durante el tiempo que yo permanecí trabajando en el pozo Herrera a 500 metros de profundidad, varias fueron las veces que me topé con bolsas repentinas de grisú flotando en el reducidísimo espacio del tajo y que detectábamos, el picador y yo, no gracias a ningún aparato, ni a ese pajarito que en algunas minas de carbón llevaban para detectar al asesino, sino por el intensísimo frío que la bolsa de grisú llevaba. Es tan altamente inflamable y letal, con más de un 90% de metano, que puede formar mezclas explosivas con el aire además de provocar la muerte por asfixia prácticamente instantánea. Para prevenir todo esto, el picador con el que yo trabajaba, independiente de pedirme, cuando la bolsa de grisú flotaba en el reducido espacio del tajo en el que nos encontrábamos, que me tirara al suelo mientras él desenroscaba el martillo neumático, utilizado para arrancar el carbón, permitiendo que el aire de la herramienta limpiara el ambiente y alejara la bolsa de grisú.
Durante las horas que permanecíamos en el tajo, el riesgo era permanente. Aunque el picador buscaba las zonas mas blandas o grietas, siempre existía el riesgo de que el martillo se encontrara con una piedra que, al rozarla, produjera chispas y se corriera el riesgo de que si, en ese momento, había alguna pequeña bolsa de grisú se produjera una explosión y acabáramos como los mineros muertos esta semana.
Don Juan Carlos le reía las gracias al bufón cántabro que hoy le injuria acusándole públicamente de corrupto, defraudador, apátrida fiscal, evasor y con amantes que pagan los españoles, olvidando que el Rey emérito ya quedó libre de culpa de delitos fiscales de los que se le acusaba durante años, pagando cinco millones de euros en dos regularizaciones ante la Agencia Tributaria. Por lo que el privilegio constitucional de la inviolabilidad ya no está vigente en la persona de Don Juan Carlos, aunque sigue gozando de aforamiento.
Miguel Ángel Revilla, autor del infumable libro Nadie es mas que nadie, con una portada en la que se ve al autor quitándole los zapatos a su real ex amigo para colocarle unas albarcas, también tuvo un desagradable desencuentro con Zarzuela, después de la boda de Felipe y Letizia, ridiculizando ese día, al contar en la televisión local, entre risas, que pasó «hambre» durante el convite y que tras la ceremonia hubo carreras para llegar a los urinarios. Según el muy deslenguado y poco elegante invitado, se vio corriendo junto a Felipe González para llegar al baño.
Lo peor para un minero: el grisú
Hace dos semanas nos ocupábamos en esta columna de las minas y los mineros, reproduciendo la emotiva carta que mi padre me escribió cuando yo trabajaba, en 1953 y 1954, de ayudante de picador en el Pozo Herrera de las Hulleras de Sabero, en León.
Esta semana, una explosión de grisú en la mina asturiana de Zarreu ha costado la vida a cinco mineros y cuatro heridos graves.
Esta tragedia me ha recordado a los catorce mineros, si ¡¡¡catorce!!!: Evaristo, Francisco, Ramiro, Jesús, Esteban, Leonardo, Antonio, Trinitario, Roberto, Egesipo, Cesáreo, Nemesio, Adolfo y Delfín, que fallecieron en agosto de 1954 en la mina de Casetas de Oceja del municipio de La Ercina, en el corazón de la Montaña Oriental de León, muy cerca de la que yo trabajaba. Como ahora Jorge, Rubén, Amadeo, Iván y David. Estos cinco, como aquellos catorce, perdieron la vida a causa de lo peor que le puede pasar a un minero: encontrarse con el grisú. Como afirmaba rotundo Marcos Álvarez con una década de profesión como minero: «Hay otros problemas que se pueden subsanar, pero, estando bajo tierra, como te lo encuentres…».
Porque la mina es siempre cruel con ese gas inodoro que se esconde en el carbón. Durante el tiempo que yo permanecí trabajando en el pozo Herrera a 500 metros de profundidad, varias fueron las veces que me topé con bolsas repentinas de grisú flotando en el reducidísimo espacio del tajo y que detectábamos, el picador y yo, no gracias a ningún aparato, ni a ese pajarito que en algunas minas de carbón llevaban para detectar al asesino, sino por el intensísimo frío que la bolsa de grisú llevaba. Es tan altamente inflamable y letal, con más de un 90% de metano, que puede formar mezclas explosivas con el aire además de provocar la muerte por asfixia prácticamente instantánea. Para prevenir todo esto, el picador con el que yo trabajaba, independiente de pedirme, cuando la bolsa de grisú flotaba en el reducido espacio del tajo en el que nos encontrábamos, que me tirara al suelo mientras él desenroscaba el martillo neumático, utilizado para arrancar el carbón, permitiendo que el aire de la herramienta limpiara el ambiente y alejara la bolsa de grisú.
Durante las horas que permanecíamos en el tajo, el riesgo era permanente. Aunque el picador buscaba las zonas mas blandas o grietas, siempre existía el riesgo de que el martillo se encontrara con una piedra que, al rozarla, produjera chispas y se corriera el riesgo de que si, en ese momento, había alguna pequeña bolsa de grisú se produjera una explosión y acabáramos como los mineros muertos esta semana.
Las paridas de Yolanda
Por todo esto, me han sorprendido las declaraciones de la inefable Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno, que, como ministra de Trabajo, se personó en la zona minera: «En el siglo XXI no puede morir nadie así. El peso de la ley va a caer sobre este siniestro». Por supuesto, querida, sólo mueren los mineros. Y difícil que el peso de la ley caiga sobre el grisú, el auténtico y único culpable de estas muertes y de todas las muertes que se producen en las minas de carbón desde que éstas existen, pocas para el riesgo con el que se trabaja. Y, como ha dicho el minero Marcos Álvarez, «lo peor que te puede pasar es encontrarte con grisú». ¡Maldito grisú!Aquel cortesano de las anchoas
Nada que ver este Miguel Ángel Revilla calumniando, difamando y lesionando el derecho fundamental al honor del Rey Juan Carlos con aquel presidente de la Comunidad cántabra que cultivaba el mismo campechanismo que el Rey. Para ello, se desplazaba en taxi a Zarzuela para ofrendar, un día sí y otro también, las famosas anchoas del Cantábrico, los hojaldres de Torrelavega y un queso popularmente conocido como queso Picón, elaborado en la comarca de Liébana.Don Juan Carlos le reía las gracias al bufón cántabro que hoy le injuria acusándole públicamente de corrupto, defraudador, apátrida fiscal, evasor y con amantes que pagan los españoles, olvidando que el Rey emérito ya quedó libre de culpa de delitos fiscales de los que se le acusaba durante años, pagando cinco millones de euros en dos regularizaciones ante la Agencia Tributaria. Por lo que el privilegio constitucional de la inviolabilidad ya no está vigente en la persona de Don Juan Carlos, aunque sigue gozando de aforamiento.
Miguel Ángel Revilla, autor del infumable libro Nadie es mas que nadie, con una portada en la que se ve al autor quitándole los zapatos a su real ex amigo para colocarle unas albarcas, también tuvo un desagradable desencuentro con Zarzuela, después de la boda de Felipe y Letizia, ridiculizando ese día, al contar en la televisión local, entre risas, que pasó «hambre» durante el convite y que tras la ceremonia hubo carreras para llegar a los urinarios. Según el muy deslenguado y poco elegante invitado, se vio corriendo junto a Felipe González para llegar al baño.