A toda vela
Hobart, isla de Tasmania, 28 de diciembre de 2014. Verano austral. A las tres de la tarde de un día soleado, Robert Oatley, magnate vinícola australiano de 86 años de edad, proclamaba satisfecho, mientras el
Wild Oats XI cruzaba la línea de llegada de la 70 Rolex Sydney Hobart: «Tenemos el mejor barco del mundo. Definitivamente, volveremos el próximo año». Así de exultante se mostraba Bob, como se le conoce en el mundo de la vela, después de que su supermaxi de más de 100 pies de eslora, magistralmente patroneado por Mark Richards y con el español Joan Vila como navegante, se convertía por octava vez en el barco más rápido de la mítica regata que, partiendo de la bahía de Sydney el día después de Navidad y con la línea de llegada en el puerto de Hobart, une el continente australiano con la isla de Tasmania. Una competición que desde hace siete décadas constituye una cita ineludible para profesionales y amantes de la vela.
Con este triunfo de 2014, el
Wild Oats XI deshacía el empate a siete victorias en tiempo real que mantenía con el
Morna/Kurrewa IV, barco que las consiguió entre 1946 y 1960. Hoy sí se puede decir que el Wild Oats es la embarcación que más triunfos ha cosechado, tras haber ganado ocho de las últimas diez ediciones en las que ha participado, además de contar con dos títulos absolutos (2005 y 2012) y haber conseguido en la edición de 2012 un nuevo récord: completar la travesía de 628 millas náuticas y cruzar la llamada line honours en un tiempo de 1 día, 18 horas, 23 minutos y 12 segundos. Ahora, dos años después, la emoción desbordaba a Bob Oatley tras convertirse en el participante más laureado de la historia de la regata: «Es un milagro».
Pero no siempre gana el barco que primero llega a la meta, ni siquiera el más grande ni el más veloz. ¿Por qué? Existen dos criterios para evaluar la carrera: el primero es el tiempo real, es decir, el tiempo exacto transcurrido entre el instante de salida y el de llegada. El segundo, el tiempo compensado, o sea, el valor resultante de multiplicar el tiempo real por un coeficiente que se obtiene en función de la velocidad teórica de cada barco, su eslora, su desplazamiento y la forma y el tamaño de las velas. Este baremo ofrece un sistema de compensación entre barcos de distintos tamaños con distintas velocidades, y es el que determina el vencedor absoluto.
En esta ocasión, el vencedor de la clasificación absoluta por hándicap de entre los 117 barcos participantes en la 70 Rolex Sydney Hobart fue el Wild Rose, un Farr de 43 pies del tasmano Roger Hickman que curiosamente fue propiedad de Oatley y bautizado originalmente en 1985 como todos los de la saga Wild Oats; hasta que ocho años más tarde lo adquirió su actual armador.
La Sydney Hobart es mucho más que una regata, es casi una filosofía de vida. En ella participan desde los regatistas más profesionales hasta los más amateurs, desde auténticos ases de la vela hasta ciudadanos corrientes, que entre Navidad y Año Nuevo no dudan en ponerse el traje de agua y enfrentarse a los impredecibles caprichos del mar de Tasmania, donde a veces se diría que el mismísimo demonio ha hecho acto de presencia para darles la bienvenida con fuertes temporales que han acabado en tragedia.
La procesión es siempre la misma. Una vez que la flota deja atrás los emblemáticos Opera House y Harbour Bridge, dos iconos del skyline de Sydney, los barcos ponen rumbo hacia el sur para comenzar la aventura, sin saber realmente lo que se encontrarán más allá de su proa y con la incógnita de una meteorología cuyo comportamiento ha mostrado su crueldad a los participantes de la Hobart en demasiadas ocasiones.
Cada regatista tiene una historia personal de éxito, fracaso, frustración, ambición, amistad o simple fatiga. Desde su nacimiento en 1945, más de 50.000 navegantes y casi 6.000 barcos se han sentido atraídos por el magnetismo de este desafío único. Y es que, como reconocen quienes aceptan el reto, no hay dos ediciones iguales, cada regata es diferente.
El Cruising Yacht Club de Australia (CYCA) fue constituido en 1944, y para celebrarlo sus miembros fundadores idearon una travesía en la que se navegara desde la capital de Nueva Gales del Sur hasta la capital tasmana. Un oficial de la Marina Británica residente en Sydney, John Illingworth, aceptaría participar en ella si los demás participantes la convertían en una competición, tomando como referencia la Fastnet Race (una regata clásica
offshore bianual iniciada en 1925 que partía de Cowes, en la isla de Wight, y que tras alcanzar Fastnet Rock, un islote con un faro en el sudoeste de Irlanda, regresaba hasta Plymouth), en la que había participado en 1937.
Y así fue. Aceptaron el reto, y en aquella edición inaugural tomaron parte en la carrera nueve barcos que iban de los 9 a los 19,20 metros de eslora. El de Illingworth, el
Rani, fue el primero en arribar a Hobart el 1 de enero de 1946, pero por aquel entonces la tecnología de navegación a bordo se reducía a un sextante y una brújula, con lo que no tenían ni idea de por dónde iba el resto de la flota. Por no tener, algunos no disponían ni de radio, de modo que tampoco podían acceder a pronóstico meteorológico alguno. Illingworth pensó que su velero era el último en llegar, teniendo en cuenta que era el segundo más pequeño de la flota, pero se dio la circunstancia de que al final fue el ganador en tiempo real y en tiempo compensado. Así pues, el Rani se llevó el anhelado trofeo, la llamada Tattersall’s Cup, convirtiéndose en mito y leyenda.
El británico Mike Broughton, participante habitual y navegante con gran experiencia cuyo primer encuentro con el mundo de las regatas fue en la Fastnet Race de 1979, ha vivido muchas llegadas a lo largo de los años: «Hay una mirada en los ojos de los marineros al llegar a Hobart –dice–. A menudo está inyectada en sangre y con un aspecto cansado, pero en ella puede verse el júbilo de haber finalizado la regata. Refleja una extraordinaria hazaña, un esfuerzo inmenso».
La Rolex Sydney Hobart es la regata perfecta para poner a cada uno en su sitio. Nos recuerda que, a fin de cuentas, todos los humanos son iguales, independientemente de su condición social o económica. En ella han participado los hombres más ricos del planeta, como el magnate de la comunicación australiano Rupert Murdoch (quien perdió la extremidad de su índice derecho en un accidente en su barco) o el empresario estadounidense Larry Ellison, que llegó a ser el segundo hombre más rico del mundo.
Sean Langman, otro regatista que ha participado en 24 ediciones de la Sydney Hobart, reconoce que «la mayor lección que esta regata puede enseñar es la humildad. No importa de dónde procedas ni lo rico que seas; el mar no hace distinciones. Es lo más puro que un ser humano puede hacer: ser propulsado por el mar y el viento para llegar a un destino».
Para bien y, a veces, para mal. En la edición de 1998, una de las más duras y tristes que se recuerdan, los 115 veleros participantes sufrieron el mayor desastre jamás acaecido en la vela oceánica. Por un cúmulo de desafortunadas circunstancias y coincidencias, se vieron atrapados por un ciclón que desencadenó una fatal tormenta con vientos huracanados de más de 70 nudos y olas de hasta 24 metros. Fallecieron seis participantes, siete barcos fueron abandonados a su suerte y cinco se hundieron, y 150 tripulantes tuvieron que ser rescatados.
En aquella dramática 54 edición solo llegaron a Hobart 43 unidades, entre las cuales estuvo el
Sayonara de Ellison. El dueño del
Oracle reconoció haber vivido su peor pesadilla, incluso llegó a pensar que no saldría de ella con vida. El corresponsal de
The Wall Street Journal, G. Bruce Knecht, relató lo sucedido en el prólogo de su libro Desafío en el mar , cuya primera frase resulta muy elocuente: «Larry Ellison estaba tumbado en su litera calculando las probabilidades que tenía de morir». Fue la última participación de Larry Ellison en la Sydney Hobart.
El hecho de ser una clásica entre las clásicas, hace que la Sydney Hobart se convierta en una tradición que pasa de padres a hijos y de estos a nietos. Peter Merrington es uno de ellos, y espera que también lo haga la cuarta generación: «Sigo volviendo porque me encanta la regata: me gusta el desafío, la preparación, la batalla contra el océano y contra los demás barcos. Mi abuelo compitió en esta regata, mi padre también; ha pasado de unas generaciones a otras. Me siento parte de ella y espero que mi hijo haga lo mismo».
La vela en Australia es uno de los deportes estrella, y aunque en la Rolex Sydney Hobart participan barcos y tripulaciones absolutamente profesionales, estas se pueden contar con los dedos de una mano. No hay que olvidar que el grueso de la flota es
amateur, lo que la hace más grande si cabe. Aquí tiene cabida todo tipo de gente, con todo tipo de profesiones. Y también otros deportistas. Así vivió la experiencia en 2011 la estrella australiana de rugby, Phil Waught, quien formó parte de la tripulación del
Investec Loyal de Anthony Bell, ganador en tiempo real: «No sería lo mismo crecer en Australia y no ver el Boxing Day Test [el célebre partido de críquet que por las mismas fechas se celebra en Melbourne] seguido por la salida de la Rolex Sydney Hobart, uno de los mayores retos de la vela».
Hickman, ganador absoluto de la 70 edición, está orgulloso de ser el propietario de aquel primitivo
Wild Oatsreconvertido en
Wild Rose: «Me siento afortunado por poseer el barco de Bob», y no se le olvida la anécdota de cómo fue la negociación para hacerse con el velero hace más de dos decenios: «Junto a Bob completé tres ediciones de la Rolex Sydney Hobart, y cuando se lo compré en 1991, casi me lo regaló. Por entonces yo solo disponía de la mitad de su precio de venta, así que le pedí si podía esperar a que reuniera todo el dinero. Me dijo: “Roger, has sido la única persona que me ha invitado en un bar, así que no te preocupes por el resto”. Nunca hubiese podido adquirirlo de no ser por la generosidad de Bob. Él nos ha ayudado a muchos a llegar donde estamos hoy», sentencia Hickman.
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