A mí con la Etxeberría me ocurre una cosa que en realidad tiene poco que ver con ella y con lo que hace, ya que no la sigo y de tanto en tanto me entero de alguna polémica. Es una sensación personal.
Es que miro fotos de cuando era joven y la veo feúcha, pero me da la impresión de que se broncea bien en la playa. De que va a la playa, se pone su crema, se tumba a leerse el Pronto oculto en un libro grande de Arte Hitita, viene, va, vuelve. A lo mejor por el camino se pierde, se mete en un lío en twitter, dice cuatro cosas y recibe insultos, se fuma un piti, se bebe tres cervezas y se pasa tres manzanas del chalet y pierde tres horas para volver, hasta que al final entra en el jardín lleno de chumberas y palmeras, bajo el canto de las cigarras, y le da un ataque porque hay una araña.
Pero se broncea bien, que sabe ponerse la crema. Es esa pequeña disciplina que me aturde. Yo no puedo broncearme. A cachos, como los camioneros, tengo partes de distintos colores. El sol que me da mientras camino por algún lado. Ya sé que para muchas personas lo de broncearse no tiene ningún misterio, pero para mí lo es. Será porque Lucía es mediterránea y se acostumbró al sol desde niña. A mí me gusta eso del mediterráneo, esa libertad de la playa de mi infancia, cuando iba algún verano, ya no, y a la vez la disciplina de las horas con las cremas y aguantar en una toalla tumbada más de 5 minutos. Soy de tierra adentro y me admira esa facilidad de la gente de la costa para ir bronceándose con naturalidad, sin esfuerzo.
Lucía tiene eso, esa disciplina de sol, brisa y crema y ese derivar en a ver qué lío montamos hoy.