Disfrutando un capuchino perfecto y un crujiente cruasán en una apacible calle de Tel Aviv, cuesta imaginar que a 69 kilómetros de distancia, los gazatíes están
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Lo que no se ve en Israel
Disfrutando un capuchino perfecto y un crujiente cruasán en una apacible calle de Tel Aviv, cuesta imaginar que a 69 kilómetros de distancia, los gazatíes están siendo bombardeados y ametrallados (por no hablar de la violencia constante en Cisjordania, a menos de 65 kilómetros). Cuando en la superficie la vida parece tan civilizada, es fácil olvidar el sufrimiento ajeno.
No quiere decir esto que los israelíes no sean conscientes de la guerra. Pueden verla todo el tiempo en sus televisores, que presentan imágenes de ciudades devastadas en Gaza, así como debates acalorados sobre las últimas noticias. El malestar por la guerra y por los intentos de Binyamin Netanyahu de prolongarla (además de debilitar el poder judicial y otras instituciones de la democracia israelí) es palpable en todas partes, y sobre todo en Tel Aviv, una ciudad mayoritariamente laica y progresista.
Manifestantes en Tel Aviv pidiendo el fin de la Guerra en Gaza
Todos los días hay manifestaciones contra la guerra y contra los despidos de funcionarios públicos que se oponen a los impulsos autocráticos de Netanyahu. La gente tilda al primer ministro y a los extremistas de su gabinete de fascistas y criminales de guerra, y discute si Trump influye más a Netanyahu o viceversa. Un ex piloto de las Fuerzas de Defensa de Israel me dijo que no volvería a pelear en una guerra que le parecía inaceptable. Otra persona me dijo que estaba pensando en irse de Israel si llamaban a filas a su hijo. Hablé con un escritor que temía que su país quedara desgarrado por el odio entre israelíes, y entre árabes y judíos.
Muchos manifestantes antibélicos y activistas prodemocráticos se sienten aislados del mundo exterior. Los boicots culturales están cortando los lazos internacionales de las universidades e instituciones artísticas israelíes. Los progresistas israelíes se sienten atenazados entre fuerzas hostiles internas (en particular el gobierno y los nacionalistas radicales que lo sostienen) y extranjeros que condenan a todos los israelíes por los horrores infligidos a los palestinos.
Apenas se menciona el sufrimiento de los palestinos en Gaza
Es posible congeniar con esos sentimientos de incomprensión e incluso abandono. La culpa por asociación nunca es justa. Una buena razón para oponerse a los boicots culturales es que perjudican y malquistan a quienes en realidad deberían ser aliados en la oposición a la dictadura y a las guerras injustas.
Pero en todas las manifestaciones contra la guerra y a favor de la democracia en Israel, hay un vacío evidente: casi nadie menciona a los palestinos. Por todas partes se ven pancartas que exigen al gobierno traer a casa a los rehenes. Personas de izquierda y de derecha en la política israelí lucen cintas amarillas. Frente al excelente Museo de Arte de Tel Aviv, instalaciones artísticas amateur expresan conmovedoramente la angustia de los israelíes por los rehenes, muchos de los cuales ya han muerto en los sofocantes túneles de Gaza.
Los panelistas de la televisión deploran la continuidad de una guerra que puede causar la muerte de todos los rehenes israelíes restantes. Pero aunque se muestran imágenes de calles y edificios destruidos en Gaza, no se ve a los civiles palestinos siendo matados, mutilados, expulsados de sus hogares, hambreados. Aunque
Haaretz sigue publicando estas atrocidades, los lectores de este excelente periódico progresista sólo son un
4% de la población israelí. A los demás les resulta muy fácil fingir que el sufrimiento de los palestinos no es asunto suyo. O peor aún, muchos israelíes consideran que sacar a relucir el tema es de mal gusto, como si cualquier mención de la cuestión sólo fuera aliciente para los antisemitas. Oí que en una manifestación contra la guerra en Jerusalén, a alguien le quitaron el micrófono tan pronto como empezó a hablar de las víctimas palestinas.
Palestinos caminan por el campamento de Al-Shati, en la ciudad de Gaza
Jehad Alshrafi / Ap-LaPresse
En Jerusalén conocí a una mujer de mediana edad, opositora acérrima a Netanyahu y a la guerra, que habla árabe y ha creado una meritoria organización benéfica para los pobres. Cuando le pregunté si entre los beneficiarios de su obra también había árabes, suspiró y me dijo que ojalá fuera posible. Luego me explicó que los palestinos dijeron que querían la paz, pero el 7 de octubre de 2023 apoyaron sin excepción el asesinato y el secuestro de más de 1200 israelíes. Lo sucedido ese día le recordó el Holocausto nazi. ¿Quién puede mantener relaciones amistosas con gente así?
Esta opinión no se puede desestimar como mera intolerancia o racismo: muchos la comparten en Israel. Hay abundantes razones para criticar la opresión israelí de los palestinos y la indiferencia ante su sufrimiento. Pero subestimar el golpe que supuso el 7 de octubre es absurdo. Sufrir de un día para el otro un tipo de brutalidad salvaje de la que los judíos en Israel creían estar finalmente a salvo revivió recuerdos de siglos de persecución, asesinato y humillación.
Netanyahu promueve la idea de que los palestinos son una amenaza existencial para los judíos
Y hubiera sido así incluso si Netanyahu no fuera un líder tan cínico y empeñado en prolongar una guerra para mantener su gobierno de extremistas. Si pierde el poder, será juzgado y tal vez condenado por fraude y corrupción. No es el primer gobernante israelí que usa con fines políticos la larga historia de sufrimiento de los judíos culminada en el Holocausto. Ya lo había hecho David BenGurion en 1961, durante el juicio en Jerusalén a Adolf Eichmann, el burócrata nazi del asesinato en masa. Pero Netanyahu ha hecho más que todos sus predecesores para promover la idea de que los palestinos, y Hamás en particular, son una amenaza existencial para los judíos, y que sólo él puede protegerlos de un segundo Holocausto.
Tras el ataque del 7 de octubre, la última afirmación sonó hueca, lo que explica en parte por qué se derrumbó la popularidad de Netanyahu. Pero la mayoría de los israelíes comparten su idea de amenaza existencial. Cuando se lucha por la supervivencia, no hay lugar para la compasión hacia el enemigo. Es así como personas bienintencionadas pueden ser vehementes opositoras a un líder iliberal y egoísta y al mismo tiempo sucumbir a los temores que ese líder ha atizado.
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Traducción al español por Esteban Flamini.
Ian Buruma es autor de Spinoza: Freedom’s Messiah (Yale University Press, 2024).
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