Lo que contaba el hijo de él sí que pegaba con la imagen que transmitía, un soberbio intelectual, que cuando tuvo que trabajar " para otros" no le fue tan bien como pudiera haberle ido: se enfrentaba y tachaba de gilipollas a quien no estaba de acuerdo con él. Conseguía estupendos puestos pero al final le daban puerta, puertas muy bien finiquitadas, pero puerta.
Me imagino a la Preysler apagando fuegos con los jefes, las jefas y las mujeres de los jefes en las famosas cenas que organizaba.
Sólo desde esa perspectiva se entiende que cambiara de trabajo, de ideología, de lealtades sin despeinarse: se iba con el último que le dorara la píldora. Últimamente veo un poco así a la Preysler con sus amigos de la prensa, dos que se acuestan en el mismo colchón se vuelven de la misma condición.