Muere a los 76 años el conde de Romanones, padre de Lulu Figueroa e hijo de Aline Griffith

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Muere a los 76 años el conde de Romanones, padre de Lulu Figueroa e hijo de Aline Griffith: la última sombra del aristócrata​

  • Álvaro Figueroa Griffith murió el pasado viernes a los 76 años, según confirman a 'Informalia' fuentes familiares

En la aristocracia, la muerte no es solo un desenlace biológico, sino un epílogo con genealogía. Álvaro Figueroa Griffith, cuarto conde de Romanones, murió el pasado viernes a los 76 años, según confirman a Informalia fuentes familiares. Su existencia, tejida entre el abolengo y la discreción, se apagó lentamente tras una década de salud quebradiza.

Nació entre muros que olían a historia. Su padre, Luis Figueroa, y su madre, Aline Griffith, no eran meros nombres en un árbol genealógico: él, un noble de los de antes; ella, una espía con la astucia de una heroína de Graham Greene y la elegancia de una socialité neoyorquina. Álvaro, sin embargo, nunca quiso el centro del escenario. Prefería la sombra de los grandes salones al fulgor de los flashes.

Un ictus lo sorprendió en Marbella hace diez años. No murió entonces, pero la vida ya no fue la misma. El lado izquierdo de su cuerpo se convirtió en un territorio hostil, un miembro que arrastraba sin remedio. Tras el golpe, regresó a Madrid y se refugió en la casa materna de El Viso, donde la silueta de su madre aún flotaba en los espejos. En ese espacio compartieron sus últimos años, después de que Álvaro se separara de Lucila Domecq, con quien tuvo cinco hijos.


Pascualete, la finca familiar en Cáceres, fue otro de sus refugios. Allí la tierra aún guarda el eco de sus paseos lentos y los vestigios de su aristocracia en retirada. Pero al final se quedó en Madrid, cerca de los suyos, observando cómo su cuerpo le cerraba puertas una a una. La muerte no llegó de golpe, sino como una visita anunciada, con la paciencia de un mayordomo antiguo.

El apellido Figueroa no desaparecerá con él. Sus hijos, dispersos entre el arte, la moda y la alta sociedad, llevan en la sangre el mismo linaje que un día brilló en los salones de la nobleza. Lulu Figueroa, la más mediática, lo recuerda en los trazos de sus cuadros y en las telas que alguna vez soñó diseñar. Carla, por un tiempo, fue conocida por su relación con Willy Bárcenas, un apellido que en otros tiempos jamás habría compartido línea con el de Romanones.

Álvaro Figueroa Griffith, como su madre antes que él, murió sin hacer ruido. No habrá grandes titulares ni homenajes rimbombantes. Su historia, tejida entre la discreción y la herencia de siglos, quedará como quedan los últimos rescoldos de un fuego antiguo: ardiendo en la memoria de los que aún recuerdan.




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Muere a los 76 años el conde de Romanones, padre de Lulu Figueroa e hijo de Aline Griffith: la última sombra del aristócrata​

  • Álvaro Figueroa Griffith murió el pasado viernes a los 76 años, según confirman a 'Informalia' fuentes familiares

En la aristocracia, la muerte no es solo un desenlace biológico, sino un epílogo con genealogía. Álvaro Figueroa Griffith, cuarto conde de Romanones, murió el pasado viernes a los 76 años, según confirman a Informalia fuentes familiares. Su existencia, tejida entre el abolengo y la discreción, se apagó lentamente tras una década de salud quebradiza.

Nació entre muros que olían a historia. Su padre, Luis Figueroa, y su madre, Aline Griffith, no eran meros nombres en un árbol genealógico: él, un noble de los de antes; ella, una espía con la astucia de una heroína de Graham Greene y la elegancia de una socialité neoyorquina. Álvaro, sin embargo, nunca quiso el centro del escenario. Prefería la sombra de los grandes salones al fulgor de los flashes.

Un ictus lo sorprendió en Marbella hace diez años. No murió entonces, pero la vida ya no fue la misma. El lado izquierdo de su cuerpo se convirtió en un territorio hostil, un miembro que arrastraba sin remedio. Tras el golpe, regresó a Madrid y se refugió en la casa materna de El Viso, donde la silueta de su madre aún flotaba en los espejos. En ese espacio compartieron sus últimos años, después de que Álvaro se separara de Lucila Domecq, con quien tuvo cinco hijos.


Pascualete, la finca familiar en Cáceres, fue otro de sus refugios. Allí la tierra aún guarda el eco de sus paseos lentos y los vestigios de su aristocracia en retirada. Pero al final se quedó en Madrid, cerca de los suyos, observando cómo su cuerpo le cerraba puertas una a una. La muerte no llegó de golpe, sino como una visita anunciada, con la paciencia de un mayordomo antiguo.

El apellido Figueroa no desaparecerá con él. Sus hijos, dispersos entre el arte, la moda y la alta sociedad, llevan en la sangre el mismo linaje que un día brilló en los salones de la nobleza. Lulu Figueroa, la más mediática, lo recuerda en los trazos de sus cuadros y en las telas que alguna vez soñó diseñar. Carla, por un tiempo, fue conocida por su relación con Willy Bárcenas, un apellido que en otros tiempos jamás habría compartido línea con el de Romanones.

Álvaro Figueroa Griffith, como su madre antes que él, murió sin hacer ruido. No habrá grandes titulares ni homenajes rimbombantes. Su historia, tejida entre la discreción y la herencia de siglos, quedará como quedan los últimos rescoldos de un fuego antiguo: ardiendo en la memoria de los que aún recuerdan.




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Muere a los 76 años el conde de Romanones, padre de Lulu Figueroa e hijo de Aline Griffith: la última sombra del aristócrata​

  • Álvaro Figueroa Griffith murió el pasado viernes a los 76 años, según confirman a 'Informalia' fuentes familiares

En la aristocracia, la muerte no es solo un desenlace biológico, sino un epílogo con genealogía. Álvaro Figueroa Griffith, cuarto conde de Romanones, murió el pasado viernes a los 76 años, según confirman a Informalia fuentes familiares. Su existencia, tejida entre el abolengo y la discreción, se apagó lentamente tras una década de salud quebradiza.

Nació entre muros que olían a historia. Su padre, Luis Figueroa, y su madre, Aline Griffith, no eran meros nombres en un árbol genealógico: él, un noble de los de antes; ella, una espía con la astucia de una heroína de Graham Greene y la elegancia de una socialité neoyorquina. Álvaro, sin embargo, nunca quiso el centro del escenario. Prefería la sombra de los grandes salones al fulgor de los flashes.

Un ictus lo sorprendió en Marbella hace diez años. No murió entonces, pero la vida ya no fue la misma. El lado izquierdo de su cuerpo se convirtió en un territorio hostil, un miembro que arrastraba sin remedio. Tras el golpe, regresó a Madrid y se refugió en la casa materna de El Viso, donde la silueta de su madre aún flotaba en los espejos. En ese espacio compartieron sus últimos años, después de que Álvaro se separara de Lucila Domecq, con quien tuvo cinco hijos.


Pascualete, la finca familiar en Cáceres, fue otro de sus refugios. Allí la tierra aún guarda el eco de sus paseos lentos y los vestigios de su aristocracia en retirada. Pero al final se quedó en Madrid, cerca de los suyos, observando cómo su cuerpo le cerraba puertas una a una. La muerte no llegó de golpe, sino como una visita anunciada, con la paciencia de un mayordomo antiguo.

El apellido Figueroa no desaparecerá con él. Sus hijos, dispersos entre el arte, la moda y la alta sociedad, llevan en la sangre el mismo linaje que un día brilló en los salones de la nobleza. Lulu Figueroa, la más mediática, lo recuerda en los trazos de sus cuadros y en las telas que alguna vez soñó diseñar. Carla, por un tiempo, fue conocida por su relación con Willy Bárcenas, un apellido que en otros tiempos jamás habría compartido línea con el de Romanones.

Álvaro Figueroa Griffith, como su madre antes que él, murió sin hacer ruido. No habrá grandes titulares ni homenajes rimbombantes. Su historia, tejida entre la discreción y la herencia de siglos, quedará como quedan los últimos rescoldos de un fuego antiguo: ardiendo en la memoria de los que aún recuerdan.




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El difunto era pariente de Blancanieves de los Algodonales, no?
 

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