Los Reyes presiden el acto con motivo del día Internacional del Libro. Abril 23, 2021.

El rey da la vuelta sorprendido, pero imaginemos por un momento que un político, Casado, p.ej. cogiese de la cintura a Letizia, el escándalo sería mayúsculo.
Ayuso, más allá de la familiaridad que tenga con el rey, tiene cosas de bombera torera.
Letizia con esto debe flipar y con razón en este caso.
Porque va a flipar, si ella no lo quiere, solo le interesa el dinero y el status
 



Lo siento por Ayuso pero eso no se hace, y no porque sea el rey. Hay partes del cuerpo de una persona, sea hombre o mujer, que no deben ser tocadas por terceros, la cintura, la cadera, ella le toca en una zona que es ya la cadera, parece que le va a meter mano al bolsillo y robarle la cartera; si queria hacerle notar que ella estaba allí para no pisarla, debía haber puesto su mano en un lugar mas neutro, la espalda, el brazo. Lo que ha hecho es un poco
agresivo y si en vez de un hombre fuera una mujer, se pondría el grito en el cielo.

ella lo debe saber, no se que ha pretendido con esto. Si lo llega a hacer Letizia se la comen viva....
 
Reina Berenguela
Cotilleando sobre la Monarquía Española
Felipe y Letizia presiden la conmemoración del nacimiento de Camilo José Cela el 7/9/16. (1 Viewer)
AutorPrincess Kate Fecha de inicio2 Sep 2016




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7 Sep 2016
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Reina Berenguela
Reina Berenguela
En este hilo va muy bien recordar a nuestra Leti lectora, sobre todo para l@s nuev@s:
LA NUEVA ESPANA - SOCIEDAD -http://www.lne.es/secciones/sociedad/noticia.jsp?pIdNoticia =170339 EDITORIAL PRENSA ASTURIANA Director: Isidoro Nicieza Letizia lectora Amí no me vuelven a pillar en una semejante. Desde que supe que Letizia Ortiz Rocasolano iba a convertirse, peldaño a peldaño, en princesa de Asturias y reina de España, nada más que se me acerca cualquier joven aspirante a escritor o crítico le pregunto ansioso si incluye entre sus proyectos de futuro el convertirse en persona regia. Porque, claro, si yo hubiera sabido que aquella jovenzana, estudiante de Ciencias de la Información en prácticas, que una mañana del 92 se nos acercó en demanda de un espacio para escribir en el suplemento «Cultura» de LA NUEVA ESPAÑA, sería quien está a punto de ser, entonces habría apuntado todas sus frases, inventariado los libros que leía, anotado sus modelos de ropa, la música que escuchabaÉ todo lo cual me facultaría hoy para ser presa codiciada para los medios de comunicación y me retiraría rico de la enseñanza, la escritura y otros menesteres colaterales. Sin embargo, ¡ay!, Letizia no hablaba conmigo de planes de futuro: hablaba de libros. Como ella era muy joven, juraba haberlo leído todo. Ah, sí, Proust, desde luego. ¿Conrad? Ya, espléndido. Me encanta Barthes. No quito los ojos de Galdós. Todo el día estoy con Nietzsche. No me aparto de Lampedusa. Como yo ya era viejísimo, le tomaba el pelo inventándome autores sobre los que le preguntaba y que Letizia afirmaba firmemente no ya haber leído, sino encontrarse en trance de relectura. En ese momento, elevaba mi voz y la instruía sobre la mendacidad en la literatura, sobre los altos fines de la misma, sobre el compromiso de la verdad en el escritor. Ella, abría sus ojos verdes (¿eran verdes? Esto de no haber tomado notasÉ) y componía esa cara tan suya de no haber roto ni siquiera un platito de postre y de enséñeme usted, señor, que tanto sabe. El caso es que le encargamos suplir por vacaciones a Eugenio Fuentes en «La Brújula» y esa sección se llenó de grandes modernuras: Domenico Campana, Jirí Kratochvil, Jacques Lamalle, Janet Saltzman, Ingrid NollÉ vaya tela. De libros sobre sexualidad: Ellen Datlow, Edward Lucie-Smith; sobre bandidos como Luis Candelas; de obras de autores asturianos: José Antonio Mases o Luis Junceda; de clásicos: Sor Juana o Shakespeare. Ésa era la Letizia lectora de septiembre del 92: una suma de lo último, lo transgresor, lo llamativo, la tierrina y lo clásico. ¿Leía todos esos libros a fondo? ¿Recibía ayuda crítica de origen extremeño y asiento profesoral madrileño? Mis memorias lo dirán. Coincidimos luego en Madrid, en una anécdota. Augusto Roa Bastos presentaba libro en la Casa de América, y allí entramos un Fulgencio Argüelles timidísimo (érase un hombre a mí pegado) y un servidor. La estrella no era el breve Roa: era Carlos Fuentes, el alto, el que paseaba torero entre los asistentes, negándose a conceder entrevistas con soberbia modestia. Ni Javier Marías ni Vicente Molina Foix (que discutían con calor) hacían sombra al mexicano. Letizia bebía los vientos por entrevistar a don Carlos, una vez que la reñí por acudir con una cámara de fotos barateja que manejaba con impericia. Entonces, se me ocurrió proponerle que abriese sus ojos verdes (o como fueran) y compusiese esa cara tan suya de no haber roto ni siquiera un platito de postre y de déjeme hablar con usted, señor, que tanto sabe. Fue espectacular. LA NUEVA ESPAÑA publicó la única entrevista a fondo que concedió Carlos Fuentes aquella vez. Nos volvieron a juntar en la CNN y los telediarios. Y hete aquí que surge el noviazgo y va Letizia y le regala al Príncipe «El doncel de don Enrique el Doliente», la novela donde Macías sufre y pena por Elvira, la novela escrita por Larra a toda pastilla, la novela de pasiones prohibidas: «¡Nunca se apagará ese ardor y esa memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el infierno todo sobre mis labios desde entonces!» Caray. Nada más propio para las circunstancias. Y, más tarde, puso Letizia en órbita a Sebald, al cultísimo y finísimo escritor que se «estampanó» contra un camión y encontró la muerte cuando volvía con su hija a casa. Sebald, el nombrado por Marías Duque de Vértigo en su Reino de Redonda, el que tanto se parece en canoso a Juan Cueto, el de la densísima y espléndida Austerlitz. Ahí está Letizia: clásica y moderna. Como una reina queda, oye. Y les dejo, que entra un chaval con pinta de lector y ya me veo preguntándole: «¿Cuenta usted con convertirse en un futuro presidente de laRepública? Lo digo para tomarnotas, joven»
 

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